Sierra Tarahumara: hacia un nuevo modelo de gobernanza forestal tras el colapso institucional

Por Daniel Ríos·
Vista aérea de las montañas boscosas de la Sierra Tarahumara con claros dispersos y vegetación densa bajo luz de atardecer
Imagen generada con IA

La Sierra Tarahumara atraviesa una crisis de gobernanza forestal tras la desaparición de PROFORTARAH, la institución federal que durante décadas articulaba ejidos, técnicos, brigadas y comunidades en torno a la protección del bosque. Con su cierre, los ejidos quedaron abandonados sin acompañamiento técnico ni vigilancia, lo que ha dejado al descubierto un vacío institucional que ahora se traduce en incendios crecientes. Los expertos plantean que este no es un fenómeno estacional, sino la consecuencia directa de esa ausencia de estructura.

Reconstruir la gobernanza forestal en el territorio tarahumara no significa resucitar una institución extinta, sino crear un marco conceptual nuevo, adaptado a la realidad ecológica, cultural y territorial del norte del país. Este nuevo enfoque debe partir de tres pilares fundamentales. Primero, reconocer la autoridad legítima que las comunidades ya respetan: las estructuras tradicionales rarámuri, ódami o guarijío; los técnicos forestales que conocen el bosque desde adentro; los líderes con generaciones de trabajo territorial. Sin esta articulación entre autoridades reales y formales, cualquier política pública se convierte en un trámite sin impacto.

El segundo pilar es la información territorial viva. La Sierra experimenta cambios constantes en humedad, viento, densidad de pastos y riesgos. La prevención requiere cartografía actualizada, monitoreo continuo y microclima local, no mapas estáticos ni inspecciones esporádicas. La tecnología —drones, sensores, estaciones meteorológicas forestales— deja de ser un lujo para convertirse en herramienta esencial de anticipación del riesgo.

El tercer pilar es la regulación cultural del fuego. En la Sierra, el fuego no es exclusivamente agrícola, sino territorial: se emplea para limpiar terrenos, potreros y espacios. Pretender eliminarlo desconoce la vida serrana. La gobernanza debe ordenar la práctica mediante reglas comunitarias claras sobre cuándo quemar, cómo preparar el terreno, quién supervisa y qué señales indican peligro. Esto implica educación intercultural, adaptada a lenguas y cosmovisiones locales, que reconozca la práctica sin eliminarla.

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