La leyenda del número 41: La anécdota que marcó la Secundaria Federal de Ojinaga

En los pasillos de la Secundaria Federal de Ojinaga existe una anécdota poco conocida que ilustra cómo una tradición histórica mexicana influyó directamente en la vida cotidiana de la institución educativa. El profesor Gustavo Domínguez enfrentó un conflicto inesperado cuando estudiantes se negaban rotundamente a aparecer con el número 41 en las listas de asistencia, generando protestas que obligaron a buscar una solución creativa.
Durante años, las listas de asistencia en Ojinaga comenzaban con las mujeres en orden alfabético, práctica que respondía a la cortesía de otorgar los primeros lugares a las estudiantes. Dado que los grupos superaban los 60 alumnos, las mujeres ocupaban aproximadamente hasta el número 30 o 35, dejando a los hombres en posiciones posteriores. Inevitablemente, algún estudiante varón recibía el número 41, lo que desataba el conflicto. El profesor Domínguez encontró una solución ingeniosa: invirtió el orden de las listas, colocando primero a los hombres y luego a las mujeres. De este modo, el controversial número 41 recaía ahora en algunas estudiantes, quienes aceptaban la posición sin objeción.
La resistencia al número 41 no es caprichosa. En México, este guarismo tiene raíces profundas en la historia nacional y es considerado ofensivo por la población. Su origen se remonta al 18 de noviembre de 1901, durante el régimen de Porfirio Díaz, cuando se realizó una redada policial conocida como el "Baile de los Cuarenta y Uno" en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México, evento que marcó la memoria colectiva del país.
La influencia de esta tradición es tan extensa que permea prácticamente todas las instituciones mexicanas. En el Ejército no existen divisiones, regimientos o batallones numerados con el 41; las series saltan del 40 al 42. En hoteles, sanatorios y nomenclaturas municipales se evita asignar el número 41 a habitaciones o direcciones, optando en su lugar por alternativas como "40 bis". Incluso en aspectos cotidianos como cumpleaños, pasaportes y placas vehiculares, la sociedad mexicana rechaza sistemáticamente este número, manteniéndolo como un tabú que trasciende generaciones y contextos sociales.


